EL AMOR SIN UN POCO DE LOCURA NO ES AMOR

VIDA DE JESÚS DE NAZARET


La vida de María en Nazaret
José pide la mano de María


Papiro sin encabezado, atribuido a la Virgen María.


Trato de poner esto por escrito, para poder entenderlo yo misma; si en algún momento cambio bruscamente el relato o hablo sin concatenar bien las ideas, es por la emoción profunda que producen en mí estos acontecimientos.

Aunque yo era una mujer bastante callada, siempre tuve una extremada sensibilidad; una sensibilidad que me llevaba a apreciar todas las cosas con una emotividad especial. Yahvé era el creador de todas las cosas y yo le agradecía en mi interior el amor que Él derramaba sobre el mundo. Moisés se había quitado las sandalias en el monte Horeb, porque la tierra que pisaba era santa, pero yo creía que santa era toda la tierra, porque había sido hecha por Él. 

Algunas veces hablé de esto con mi padre y él se extrañó de que una niña como yo dijera esas cosas de Dios. De hecho en mi familia nunca sentí que me comprendieran completamente; algunos incluso pensaron y dijeron que yo estaba loca, porque yo compartía cada cosa que sucedía en mi vida con Yahvé.

Mucha gente repite salmos para orar, pero a mí me parecía mejor decirle a Dios las cosas que pasaban por mi mente o por mi corazón, incluso cuando trabajaba ayudando a mi madre en todas las labores de limpieza y cocina de la casa. Cada vez estoy más convencida de que no es posible entender la cordura sin la locura y que el amor, sin un poco de locura, no es amor.

Cuando iba a buscar agua al pozo o a llevar el pan a los hornos comunales aprovechaba esas pausas tranquilas del trabajo para enterarme de las cosas que sucedían en el pueblo. A mí nunca me gustó compartir mis alegrías o mis tristezas con la gente, pero en el pozo o en el horno te soltabas un poco; allí siempre estaba la chismosa de turno que te contaba su vida o la de los demás.

Ay hija me dijo un día Kelil con una naturalidad que asustaba, ojalá tus padres nunca te casen; no sabes lo egoístas que son los hombres.

Pues mi padre no es tan egoísta protesté yo.

—¡Eso solo lo sabe tu madre!” sentenció ella con una propiedad que te hacía pensar: “Gracias Yahvé por darme a mi padre y a mi madre”.

La casa de mis padres, como la mayoría de las casas del pueblo, estaba apoyada en la roca de una de las montañas que miran al Valle del Esdrelón. De hecho mi casa estaba casi en medio de una cantera, de donde se sacaba roca para construir otras casas y edificios. Tenía varias cámaras, todas ellas parte de la roca donde se apoyaba, que eran el resultado de siglos de erosión.

Yo vivía sola con mis padres, Joaquín y Ana; ellos, desde niña, me inculcaron todas las costumbres de nuestra religión y me enseñaron a amar a Dios sobre todas las cosas, como dice Moisés que se debe amarlo; También en mi casa me inculcaron desde niña la confianza ciega en Él, que siempre nos da lo que necesitamos. Pero mi amor por Yahvé había sido un amor natural; yo diría que nunca nació, sino que siempre estuvo en mi corazón.

Ese amor por Dios me dio el sentido de querer abandonarme en sus manos, como una pluma a merced del viento. Ser humildes no es ser menos de lo que somos: es ser lo que somos de verdad; somos criaturas de Dios y eso nos da una dignidad muy grande, pero ser soberbios es querer encumbrar nuestro pensamiento egoísta, por encima de nuestros seres; y eso no le gusta a Yahvé.

¡Cómo cambia Dios todas nuestras expectativas, para que nos demos cuenta que solo somos briznas de polvo en las manos del mundo! ¡Cómo nos cambia lo que tenemos estudiado y planeado! Más nos valiera no planificar, sino dejarnos caer en los brazos de su infinita misericordia y de sus justísimos designios.

Un día, mis padres recibieron la visita de un señor que traía un recado. Era un enviado de Jacob, un buen hombre que había venido con su familia desde Belén, hacía mucho tiempo, a trabajar en Nazaret con sus dos hijos José y Cleofás. En realidad hacían más trabajos en Séforis, que era una ciudad más grande, y donde había muchas personas ricas, pero su taller estaba en Nazaret. Yo había visto a los dos muchachos en la sinagoga. José era fuerte y apuesto; Cleofás, un poco flaco y desgarbado; pero eran ambos muy simpáticos. Yo los miraba de lejos y, si ellos me miraban a mí, yo bajaba inmediatamente la mirada. El enviado pidió permiso, por parte de Jacob para visitarnos. Mi padre lo consultó con mi madre y ambos aprobaron la decisión: vendrían la semana siguiente.

Yo seguía tejiendo con mis agujas en “punto derecho”, que era una manera de tejer en la cual la tela quedaba con una textura como de espigas de trigo. A mí me encantaba porque, tejiese lo que tejiese, quedaba abrigado y elegante, pero sencillo y cómodo.

¿Qué querrán Jacob y su mujer? preguntó mi padre a mi madre.

Mmmm. Esto me huele raro. Nosotros los galileos somos un poco más abiertos, pero los judíos no piden hablar con la gente así como así. ¿No será que….? —Joaquín miró a Ana con cara de incredulidad.

¡Vamos Ana! ¿Cómo se te ocurre? Mi madre calló y me miró de reojo. “Ojalá vinieran también José y Cleofás”, pensé mirando también de reojo a mi madre. Ella me sonrió, vino y me abrazó.

¿Qué te pasa mamá?

Nada hija; solo que te quiero mucho.

Yo también a ti, mamá. —Me extrañó mucho que mi madre, que era más bien seca y no muchas veces me decía que me quería, me lo dijera ahora de buenas a primeras. Ella pertenecía a la generación que le había tocado sufrir muy de cerca la invasión romana, y era dura de carácter. Era grande y fuerte en todos los sentidos aunque algunas veces demasiado áspera. Sin embargo, yo le agradecía a Dios el tener unos padres buenos que velaban por mí.

A la semana siguiente, el día indicado, vinieron Jacob y su mujer (la verdad, no recuerdo cómo se llamaba). Jacob era un hombre delgado con una nariz aguileña no muy pronunciada y un mentón fuerte camuflado por una barba bien cortada y limpia. Ella estaba un poco gruesa, pero pulcramente vestida sin llegar a ser elegante. Se encerraron en una habitación con mis padres. ¿Qué venían a ver o a preguntar? ¿A qué venía tanto misterio?

Mientras ellos hablaban, yo disfrutaba tejiendo en mi habitación, que no era otra que una porción de cueva con un orificio en la roca, por donde entraba una luz mortecina. Necesitaba siempre una lámpara para ver todo lo que hacía, incluso de día; si no, era imposible tejer bien. Esa lámpara me la había regalado, cuando era yo apenas una niña, Isabel, la prima de mi madre, que vivía en las montañas de Judea con Zacarías, su esposo, que era un sacerdote del Templo. Cuando salieron de su encierro, mis padres me llamaron:

¡María! ¡Ven aquí! Queremos hablar contigo. Fui directamente donde ellos.

¿Ya se fueron los señores? pregunté.

Sí; ya se han ido —respondió mi padre.

Y ¿qué querían?

De eso precisamente queremos hablarte; siéntate. Yo me estaba comenzando a preocupar. ¿Desde cuándo me tenía que sentar a oír lo que mis padres me tenían que decir? Yo siempre los escuchaba de pie. Mi madre me sonreía; se veía que estaba feliz. “¿Esto qué es?”, pregunté para mis adentros.

Jacob y su mujer han venido.

Eso ya lo vi, padre le dije mirando al cielo pidiendo paciencia.

Y quieren… Mi padre no añadió nada. Yo lo miré con inquietud para que terminara lo que estaba diciendo.

Quieren desposarte con José, su hijo mayor dijo mi madre, como si estuviera hablando del sol o de la luna; como si fuera una cosa que no importaba demasiado. “¿Qué?”, pensé para mí misma sin entender nada.

¿Qué? dije ahora con una voz casi ininteligible. Mi madre vino y me abrazó:

Que mi hija ya es una mujercita, y se la quieren llevar de mi lado. Mi madre sonreía, pero se le escapaban unas lágrimas.

¿Pero esto cómo es? No lo entiendo Mi padre retomó la palabra:

Pues normalmente los padres decidimos con quién se casan nuestros hijos; por ejemplo, nuestra boda fue arreglada entre tus abuelos; pero nosotros te queremos preguntar a ti. Tú no eres una niña normal, María; eso se nota solo con hablar contigo un rato. No conozco en el mundo una niña como tú; y no es porque seas mi hija, sino que todo el mundo nos lo dice.

Y crees que José, ¿así se llama, verdad? —mi madre asintió— ¿va a querer a una esposa que no sea normal?

Hija, si han venido a pedírnoslo es porque José te ha visto y cree que puedes ser, para él, una buena mujer.

Por supuesto padre yo haré lo que me digáis vosotros le dije nerviosa.

Pero nosotros no queremos eso; te queremos preguntar a ti. Yo creo que estas cosas son muy serias, y aceptarlo solo por obediencia me parece que no debe ser. ¿Tú quieres? ¿Te gustaría tener un marido como él?

¡Pfff! ¡Vaya pregunta! José era un hombre bueno, como sus padres; era trabajador; yo lo había visto con sus arreos, caminando de arriba a abajo, llevando ese burro torpe que tenía. A veces me reía cuando veía que el burro no le obedecía, y él me miraba. Tenía un buen oficio, y eso era bueno; quería decir que tenía con qué mantener una familia. “Me entrego en tus manos, Dios mío”, pensé “lo que tú quieras para mí, será lo mejor”.

Está bien, dije casi sin querer. Me desposaré con él.

No sé ni por qué lo dije, pero inmediatamente sentí un torrente de felicidad por mis venas y un escalofrío que me recorrió la espalda. ¿Qué había estado esperando para responder? Ahora solo pensaba en él; en José. La verdad era que sentía mucha paz cuando pensaba en compartir la vida con un hombre bueno como él. Inmediatamente, me empezaron a revolotear las mariposas en el estómago. Quería ver a José en ese mismo instante, pero no lo quería ver; ¡Qué tonta era! ¡Claro que lo quería ver! Mis padres me abrazaron los dos; formábamos los tres, un ovillo grande y apretado del cual yo era el corazón. Mi madre seguía llorando; yo también empecé a llorar de felicidad. Las lágrimas era lo único que se sentía en la penumbra.

¡Me estáis mojando todo! protestó mi padre. ¡Dejad de llorar ya, por favor! Nosotras nos reíamos como un par de niñas y seguíamos llorando. Mi madre apretaba su mejilla contra la mía.

Pues voy a hablar con Jacob y con su mujer. ¿Cómo es que se llama?

No lo recuerdo dijo mi madre.

Tendrás que preguntarle la próxima vez que nos veamos, Ana. ¡Qué vergüenza! Yo me quedé pensando, ilusionada. Iba a tener un buen marido pero, no sabía por qué, algo había de raro en mis sentimientos. Sonreía feliz y tomaba la mano de mi madre; o, mejor dicho, mi madre tomaba mi mano y no la desamparaba ni un instante.

Al poco tiempo, el día concertado, llegó José con sus padres y su hermano; traía en sus manos una cajita bien pulida y un pellejo de vino. ¿Qué sentido tenía la cajita? Yo tenía muchos nervios pero estaba abandonada en Dios. Los vi llegar desde el ventanuco de mi habitación. Tenía que subirme en una mesita para ver lo que ocurría fuera. Casi me caigo, guardando el equilibrio, apenas golpearon la puerta. Luego me bajé de la mesita, y escuché voces en la entrada de la casa. Mi madre me había explicado, que así pedía la mano un hombre normal. “¡Ja! Un hombre normal para una mujer normal”, pensé. Al poco tiempo, escuché que me llamaban:

¡María! Ven aquí por favor. Salí de mi habitación y me sonrojé muchísimo, como si una amapola se hubiera sembrado en mis mejillas.

María dijo mi padre. José quiere ser tu esposo, y quiere saber si tú estás de acuerdo —mi padre interrumpió y dijo—: ¡Pero si te has sonrojado!

Eso ya fue lo peor; yo había perdido el habla; mi madre hasta ese momento, no había dicho nada. Yo solo miraba a los ojos de José, que me miraban con mucha ternura, tratando de encontrar la seguridad para hablar. José era un hombre guapo y fuerte; se veían las huellas del trabajo en su cuerpo bien formado; tenía barba hirsuta y ojos color marrón; traía puesta una túnica blanca con una mantilla color marrón oscuro. “Gracias Yahvé, por todo lo que me das”, le dije a Yahvé en mi interior.

¿Y bien? ¿Qué dices? —insistía mi padre levantándome las cejas. Luego me miró con los ojos muy abiertos como gritándome con ellos que dijera algo.

Acepto dije con una voz casi imperceptible.

¿Qué has dicho? —preguntó mi padre.

¡Que acepto! dije esta vez más fuerte.

Una vez lo dije, José tomó mi mano. ¡Qué seguridad la que experimentaba en su compañía! Me miró a los ojos y yo me sumergí en los suyos. Parecía como si él quisiera leer todos los papiros del mundo en los míos. José, entonces, tomó la cajita que había traído y la abrió, dejando ver un anillo. Lo puso en mis manos y, como manda la tradición, me dijo:

Por esta señal tú estás reservada para mí, de acuerdo con la Ley de Moisés y de Israel.

Mi padre tenía dispuestas seis copas; en dos de ellas, se veía que ya habían bebido él y José, como era costumbre. Ahora José tomó el pellejo de vino, con las dos manos y sirvió en las seis copas. Mi madre se levantó y vino a nosotros, emocionada. Primero bebimos José y yo de la misma copa, como debe ser, y luego bebieron todos los demás, mientras mi padre pronunciaba una bendición. Mi madre me miró, feliz. Yo no podía dejar de sonreír.

María: ahora tenemos un año, antes de que te vayas definitivamente de nuestra casa. Te tienes que preparar. Tienes que ser una buena esposa, y yo te lo voy a enseñar —dijo mi madre, mirando a José.

¡No sé qué le vas a enseñar a María! dijo mi padre bromeando y me guiñó un ojo; todos rieron, menos yo que seguía sonrojada. Es broma, María. Tu madre ha sido la mejor esposa y la mejor madre.

Estuvimos otro rato juntos, las dos familias, conversando y riéndonos. José no se despegaba de mí, ni yo de él; de vez en cuando yo lo miraba y me encontraba con sus ojos. Era increíble comprobar cómo funcionaba el amor. Hacía poco tiempo, José era solo un chico más que andaba por las calles de Nazaret. Ahora él era mis ojos y mi respiración. “Gracias Yahvé, por darme a José”, le dije a Dios, feliz.

A partir de ese día, mi madre me enseñaba una cosa nueva cada día para el matrimonio; los nombres de las flores, como los malvaviscos, y los ciclámenes, para decorar la casa; me enseñó lo que yo no sabía de la costura y de los remates del tejido. También me enseñó las cosas pertinentes al matrimonio. “¡Qué cosas más raras!”, pensaba yo.

Pero así lo quiere Yahvé me dijo mi madre. Y si lo ha dicho Yahvé, así debe hacerse.

Está bien, madre.

También tendrás que aprender a cambiar de ropa a un bebé, ¿no? ¡Ay Dios! Nunca nos acordamos que detrás de esos niños tan lindos que ves en el pueblo o en los caminos, hay cosas como el pos y el pis y, hasta que no te enfrentas al hecho de ser padre o madre, no entiendes que alguien los tiene que limpiar.

Los hombres son unos inútiles para cuidar los niños decía mi madre, y yo me reía.

¿Por qué lo dices? Si mi padre es un hombre muy bueno, mamá; creo que no existe uno mejor en el mundo.

Sí; pero cuando tiene mal carácter, no es un hombre fácil de llevar. Y ayudar, ayudar, lo hace más bien poco. ¿Quién crees que te limpió a ti cuando eras un bebé?

¡Todos tenemos algo de mal carácter, madre! protesté.

No María; todos no; tú no. Yo me quedé pensando “¿Yo no?”, y se comenzaron a agolpar las preguntas en mi corazón. “Me entrego a ti, Yahvé”, le dije, como siempre lo he hecho, y dejé que el tiempo y los designios de Dios desgranaran las respuestas como se desgrana el trigo en la cosecha.

Comentarios

  1. Me encanta el título de este "papiro". Realmente el amor necesita un poco de locura para ser amor verdadero. No podemos planificarlo todo, hay que estar abierto a lo que Dios quiera. Así lo hizo Ella y así deberíamos hacer nosotros.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario


En un viaje a Jerusalén para estabilizar la tumba donde,
según la tradición, fue enterrado Jesús de Nazaret,
el Padre Carlos Pineda encontró una caja de cedro,
que contenía papiros con cartas y otros documentos.

Esta novela es su recopilación ordenada.

Contactar:

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *