LAS TABLAS DAN SU NOMBRE
VIDA DE JESÚS DE NAZARET
Parto de Juan el Bautista
Circuncisión de Juan el Bautista
Benedictus
Era
un parto muy difícil. La partera no cesaba de pedir agua. María salía y entraba
a buscarla, aprovechando que la criada siria la traía del pozo. Afuera Simón, sumo sacerdote y amigo de Zacarías, trataba de hablarle de
muchas cosas, tratando de abstraerlo de los gritos que se escuchaban en la
estancia del lado. Adentro, María sostenía las manos de Isabel, que apretaba los
dientes con todas sus fuerzas.
—Viene de nalgas —decía la partera angustiada, amasando el vientre de
Isabel, como si estuviera haciendo un pan humano con sus tripas, acomodando al
bebé—. Como esto siga así, vamos a tener que escoger entre el niño y la madre
—Isabel miró a
María, tratando de encontrar la tranquilidad que sentía en ella. Pasaba y
pasaba el tiempo, pero de repente se escuchó la voz de la partera:
—¡Ya está! —dijo con emoción—, por fin veo la cabeza. ¡Ahora empuje señora! ¡Respire
hondo, y empuje!
Zacarías, por fin, escuchó el llanto del bebé a
través de la puerta. Sabía que no podía entrar en ella, porque su condición de
sacerdote se lo impedía, ni ver a su mujer ni ver al niño hasta que éste
estuviera completamente limpio. Pero estaba muy tenso.
—¿Está todo bien? —preguntó Simón, adivinando la preocupación de
Zacarías, que seguía gesticulando sin que se le entendiera nada.
— Isabel está bien —respondió María desde dentro—; dolorida,
pero bien. ¡Es un niño precioso! Lo estamos lavando para que, al menos, lo
podáis ver. —Zacarías miró hacia arriba agradecido, y levantó sus manos al cielo.
—¡Mazal Tov! —exclamó Simón, empleando la felicitación usual.—.
Ahora el bebé ha olvidado todo lo que el ángel le había enseñado —dijo siguiendo la creencia
judía de que los niños, durante el embarazo, son instruidos por un ángel, pero
que olvidan todo en el momento del parto.
—Retiremonos
de la puerta —sugirió Simón—; ya nos van a mostrar al niño.
Se retiraron a una distancia prudente. Al poco
tiempo salió María con el niño, envuelto en un lienzo limpio donde el niño se adivinaba
entre pliegues. Zacarías y Simón apenas podían ver su carita y, en ella, los
ojos perezosos del recién nacido. María no dejaba de sonreír. Zacarías estaba
conmovido; un hijo, a su edad, era lo último que esperaba.
Hacía dos días que Isabel no había podido dormir
nada, y estaba destrozada. En la habitación del parto había sangre por todas partes, y muchos
trapos. Zacarías había previsto que todo este movimiento se realizara en unas estancias
adyacentes a la casa, pero no en la casa misma, para no inhabilitar la vivienda
que, según la Ley, habría quedado sin purificar por treinta días.
Isabel quería
descansar. María la limpió, todo lo bien que pudo, y la abrigó con mantas
limpias. La madre dio de mamar al niño, para poder tener luego un tiempo de
descanso. Cuando hubo terminado se lo dio a María, que se quedó mirando al
niño.
—Dentro de poco te tocará a ti —le dijo cariñosamente Isabel—. ¿Cuándo
crees que llegará José? —María sonrió, y apretó al niño contra su pecho; después
lo puso en su hombro, y comenzó a darle palmaditas en la espalda para sacarle los
gases.
—No lo sé; ojalá llegue pronto. ¡Lo echo tanto de menos!
—Sí, hija, sí; me imagino —repuso Isabel a quien se le cerraban los ojos.
El niño también se quedó lentamente dormido; María
lo acunó un poco más, y luego lo acostó en una camita que tenían prevista para
él. Luego salió del recinto, y se fue a buscar a la criada. Se armaron de
trapos y de jabón perfumado, que compraban a unos comerciantes fenicios. Ella
conocía el jabón, pero no conocía el jabón perfumado; le pareció una idea
buenísima. Haciendo todo el esfuerzo del mundo limpiaron entre las dos la
habitación, en el más absoluto silencio, mientras madre e hijo dormían a
pierna suelta.
Los siguientes días los pasaron, las dos mujeres
juntas, entre pañales y confidencias. Cinco días más tarde llegó José, en medio
de carreras y afanes; después de saludar a Isabel, fue donde su mujer, y le dio
un beso en la cabeza.
—¿Cómo vas con el embarazo?
—Bien, me imagino —respondió María, mirándolo a los ojos—.
Por ahora no lo siento. Duermo bien, sobre todo después del parto de Isabel,
pero han sido días muy complicados. —José sonrió al ver de nuevo su cara; ver a María lo tranquilizaba. La
abrazó y la besó de nuevo en la cabeza.
Tres días más tarde se fueron a Jerusalén a circuncidar
al niño, como ordenaba la Ley de Moisés. Salieron muy temprano en la mañana
camino del Templo, cuando todavía estaba oscuro, aunque ya se divisaba, al
fondo, el horizonte rojizo que delataba la presencia del sol.
—¿Cómo ha quedado la casa? —preguntó Isabel, ya bastante repuesta del parto.
—Ojalá te guste —respondió José mirando a María—. Yo
creo que muy bien, Isabel.
María sonrió; María siempre sonreía. Ya su vientre comenzaba
a delatar la presencia del bebé de sus entrañas. Por ahora, solo ella se lo
notaba, cuando estaba cambiándose de ropa o limpiándose. Pero pronto se notaría
para el resto de la gente.
El camino hacia Jerusalén, a María y a José les
recordaba al mediodía de Galilea: árboles frondosos y verdes, arbustos que
parecían cuidados y muchas rocas, que resguardaban a los narcisos. Cuando
estaba ya saliendo el sol llegaron a la parte más alta del camino. Desde allí
se divisaba Jerusalén. A María siempre le impactaba venir a la ciudad santa.
El Monte Moriah (o el País de Moriah, como lo había
llamado Yahvé) confinado entre murallas se erguía, espléndido, dominando toda
la ciudad; Dios estaba siempre cuidando su pueblo, desde su fortaleza y su
poder.
Había desde hacía algún tiempo una discusión entre los mayores, a quienes les
había tocado ver el monte desnudo, porque algunos decían que lo preferían sin
murallas; sin embargo, casi todo el mundo admiraba la magnífica obra de
Herodes. “Tenía que venir un extranjero a hacer esta construcción, que debimos
hacer los judíos hace tiempo”, decían otros.
Cuando llegaron al Templo, todos los conocidos se
acercaban a Zacarías.
—¡Mazal Tov! —le gritaban desde lejos—, y él saludaba con su mano en alto. Entraron al
Atrio de las Mujeres. Allí estaba esperándolos, Simón, el sumo sacerdote.
—¿Por fin, eh? ¡Tienes un primogénito para ofrecer a Yahvé! —Zacarías
levantó sus brazos al cielo.
—¿Cómo se va a llamar el niño?
—Juan —se apresuró a responder Isabel, muy segura de lo que decía.
—¿Cómo es posible?—dijo Simón mirando a Zacarías—. Lo
siento Isabel, pero estas cosas las deciden los hombres. ¡Zacarías! No existe
nadie en tu familia que se llame así. ¡Debería llamarse Zacarías, como tú! O
Eleazar, como tu padre.
A Isabel no le gustó el comentario de Simón, pero
sabía que eso era así: las mujeres en Israel estaban sometidas a la voluntad de
los hombres. Zacarías hizo el gesto de espantar las abejas e hizo ademán de
pedir las tablillas para escribir. Se las acercaron, y escribió: “Se llamará
Juan, porque su nombre significa fiel a Dios”. En ese momento Zacarías pudo
hablar.
—¡Bendito sea Yahvé! —dijo postrándose en el suelo, desahogando más de nueve meses de
emociones contenidas— Ha enviado su poder salvador a
la casa de David, para redimir a su pueblo, como prometió a sus profetas —Simón lo abrazó; Zacarías
levantó de nuevo las manos y continuó rezando en voz alta—: ¡Quién como Yahvé, que nos libra de nuestros enemigos! Él siempre
cumple sus promesas, y es fiel a la alianza que hizo con nuestro padre Abraham.
Nosotros debemos servirle confiando en Él toda nuestra vida. —Todos lo miraban, maravillados; él hizo una pausa y continuó —: Este niño será el profeta del Altísimo y preparará los caminos para conseguir
de Dios el perdón de los pecados; enseñará la infinita misericordia de Yahvé,
que ilumina a todos los que estamos en tinieblas, y llevará nuestros pasos por
el camino de la paz.
Pusieron al bebé en una mesita y Simón cortó la
carne del prepucio, y la membrana interna. El bebé soltó un grito de dolor que
se escuchó hasta en las orillas del Mar Salado.
El sumo sacerdote lo cubrió de nuevo con su manto. Se mantuvieron un rato en
oración y luego Simón le repitió:
—¡Mazal Tov! —Zacarías replicó:
—Gracias Simón por tu afecto y, sobre todo, por tu paciencia. En estos
meses me he sentido muy arropado por tu amistad y apoyado por tu confianza, a
pesar de mis enfados. ¡Dios te lo pagará! —Regresaron a la montaña, desde
Jerusalén, y María e Isabel se fueron a conversar a la habitación donde tenían
al bebé.
—Nos vamos mañana, Isabel —le dijo María, tomándola de la mano.
—Sabía
que este momento, triste para mí, iba a llegar en cualquier
momento, mi niña; te voy a echar mucho de menos. ¡Me has ayudado tanto!
—¡Ay
Isabel! Yo no lo sabía cuando vine, pero estos tres meses
los necesitaba yo también. No se lo digas a mi madre, pero siento que tú me
entiendes mejor que ella.
—¡La buena de Ana! Se pondrá muy contenta cuando te vea y, sobre todo, cuando sepa
que estás embarazada. Menos mal que en Galilea no está mal visto que estés
embarazada antes de la celebración de las bodas. En realidad las bodas son la
formalidad de que José te lleve a vivir a su casa, pero casados estáis desde
los desposorios.
—¿Y por qué en Judea no está bien visto?
—Ya sabes, hija; los fariseos y su cerrazón; las mentes cuadradas son lo
peor.
—En realidad, parece como si Yahvé me hubiera hecho venir, más por ayudarme
a mí que a ti. ¡Me hacía tanta falta tener a alguien como tú, que me comprendiera
y que me ayudara! ¡Gracias Isabel!
Y así siguieron hablando un rato, mientras Zacarías le ayudaba a José a organizar el viaje. Terminaba una visita llena de emoción y de sentimientos; de confidencias y de alegrías. Al día siguiente María y José emprendieron el camino, muy de mañana. María dejaba atrás a su segunda madre, con una profunda tristeza; una mujer que había sido su apoyo y su fortaleza, a pesar de su edad y de su aparente fragilidad. Era la última vez que María y José iban a ver a Isabel y a Zacarías, pero ellos no lo sabían. Caminaban ya hacia el norte, pero ignoraban todos los acontecimientos que les esperaban, y que pronto volverían a deshacer sus pasos hacia Jerusalén.
Y así siguieron hablando un rato, mientras Zacarías le ayudaba a José a organizar el viaje. Terminaba una visita llena de emoción y de sentimientos; de confidencias y de alegrías. Al día siguiente María y José emprendieron el camino, muy de mañana. María dejaba atrás a su segunda madre, con una profunda tristeza; una mujer que había sido su apoyo y su fortaleza, a pesar de su edad y de su aparente fragilidad. Era la última vez que María y José iban a ver a Isabel y a Zacarías, pero ellos no lo sabían. Caminaban ya hacia el norte, pero ignoraban todos los acontecimientos que les esperaban, y que pronto volverían a deshacer sus pasos hacia Jerusalén.
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