LA OSCURIDAD DE LOS LABIOS
VIDA DE JESÚS DE NAZARET
Cómo se hacía la ofrenda en el Templo
El ángel Gabriel le avisa a Zacarías que va a tener un hijo
Zacarías se queda mudo
Extracto de una carta que dejó Zacarías a su hijo Juan el Bautista
Solo se escuchaba el tintineo de los cinceles sobre
las pesadas rocas, que eran esculpidas para la reconstrucción del Templo, mientras
yo caminaba entre fuertes andamios. Siempre que venía al recinto, me
maravillaba de que Herodes hubiese pensado en convertir el monte en una gran
terraza donde pudieran reunirse tantos hijos de Abraham. El humo de los sacrificios
se elevaba hasta el cielo, como una plegaria etérea, mientras yo subía cada
peldaño de la escalera que llevaba a la Puerta de Nicanor. Era la primera vez
que lo hacía ataviado con el efod, la vestidura sagrada de los sacerdotes, y con las pesadas estolas de
quien va a presentar la ofrenda.
Llegué al Atrio de los Sacerdotes, con la máxima
expectación; allí me recibió Yoazar con una sonrisa. Él sabía lo que todo esto
significaba para mí, porque habíamos sido amigos desde hacía largo tiempo, y él
conocía muy bien mis sentimientos; ambos sonreímos. Yo estaba nervioso, porque
era mi primera vez; y, muy probablemente, iba a ser la última. Me entregaron el
recipiente que contenía el incienso, justo al lado del altar de los
sacrificios. El olor a sangre descompuesta era insoportable, aunque todos los
días trataban de limpiar todo con sumo cuidado.
“Yahvé: te pido que haga todo bien”, rezaba en mi
interior. Comencé a caminar, sin dejar de rezar, camino del Santo.
Subí lentamente las últimas escaleras de acceso; cuando atravesé las puertas,
éstas se cerraron detrás de mí, y mi oración se comenzó a escuchar con el eco
de la piedra en las paredes; casi no podía ni respirar. Desfilaron ante mí, la
memoria de mi padre y de mi madre. ¡Qué orgullosos estarían ambos, si me vieran
en ese instante! Sin embargo, yo prefería tratar de pensar solo en Yahvé.
Esparcía el incienso en el fuego y repetía la
plegaria, mientras pensaba: “Aquí está la ofrenda que te presenta tu pueblo
amado. Sé que es muy poco para ti, que eres el todo; el inmenso, el inmortal,
el Santo. Ten piedad de tu pueblo, Señor. Aunque nos equivoquemos mil veces, no
nos des la espalda y no nos abandones nunca. Nos preocupa ser esclavos de este
pueblo pagano, Señor, pero sabemos que con tu ayuda todo lo podremos”.
Isabel se había quedado fuera en el atrio de las
mujeres y seguramente estaba elevando también la plegaria, en ese mismo
instante, con el resto de la gente; por un instante la recordé, vestida de
fiesta, llevando sus mejores galas. Seguramente estaría muy orgullosa de mí, también,
y con ganas casi de llorar.
Mientras estaba concentrado en la oración, me
pareció escuchar que llamaban a mi nombre dos veces. ¿Quién me llamaba? Seguía
rezando en mi interior; el humo del incienso llenaba todo el Santo. La pesada
cortina que me separaba del Santo de los Santos aparecía brillante; demasiado
brillante como para estar iluminada solo por las lámparas del interior. Volví a
escuchar mi nombre, esta vez más claramente. y me acordé del profeta Samuel
mientras me preguntaba qué podría ser esto.
Por fin dije, lleno de pavor:
—Aquí estoy. —Sentí entonces que una voz me decía:
—No te dé miedo de mí, porque te traigo buenas noticias. —Vi
por fin que la luz penetrante se convirtió en una forma de hombre. Yo no podía
hablar; se me había hecho un nudo en la garganta. Esto que veía no podía ser
una alucinación. Yo escuchaba sin poder entender, aunque una voz interior me
decía: “Ya lo entenderás… vaya si lo entenderás…”
—He sido enviado para hablarte —me decía el ser de luz, justo al lado del altar; hizo una pausa, y continuó hablando:
—¿Recuerdas que Isabel y tú, pedisteis un hijo a Yahvé con mucha
intensidad? Yahvé ha escuchado vuestra oración y tendrás un hijo con ella. Él
niño se llamará Juan, que quiere decir “fiel a Dios”.
Miles de imágenes invadieron mi mente. Las mujeres
judías desean tener descendencia más que cualquier otra cosa en el mundo,
porque todas tienen la ilusión de que un hijo suyo se convierta en el Salvador
de Israel. Isabel no había podido quedar embarazada, por más que lo hubiéramos intentado,
y eso la llenaba de tristeza; Recordé todos nuestros años de frustración, y la
vergüenza que tenía ella con todas sus amigas, por no haber podido tener un
hijo. Recordé también las burlas solapadas de mis amigos y los muchos años que oramos
a Yahvé; pero de eso hacía ya demasiado tiempo, e Isabel y yo éramos ya muy
mayores. El ser de luz seguía hablando:
—Será un verdadero hijo de Yahvé y mucha gente se va a alegrar con su
existencia; El Espíritu de Dios va a estar con él desde el vientre de su madre
y, a través suyo, Yahvé podrá derramar todos sus dones. Gracias a su entrega a
Dios, mucha gente encontrará de nuevo el camino hacia el cielo porque los
hombres, al ver su ejemplo y al escuchar sus enseñanzas, se colmarán de una paz
con la que llenarán sus hogares. Así, se reconciliarán los hermanos que estaban
disgustados entre sí, y los hijos rebeldes con sus padres. Tu hijo preparará al
pueblo de Israel para una nueva alianza que Yahvé hará con toda la humanidad. —Yo estaba
aturdido, como si estuviera entumecido, y confuso; muy confuso; no podía creer
esas palabras, porque la obsesión por mi edad y la de Isabel me abrumaba:
—¡Pero esto es imposible! —repliqué por fin, mientras negaba con la cabeza— ¡Isabel y yo ya somos muy viejos! ¡No podemos tener hijos a esta edad
tan avanzada! —; la figura de luz esbozó una leve sonrisa y me respondió:
—Yo soy Gabriel, y estoy todo el tiempo mirando de frente a Dios. Y para
que estés completamente seguro de que todo va a suceder, como yo te acabo de
decir, te quedarás mudo hasta que todas las cosas que yo te he anunciado hoy, se
cumplan. —El ser de luz tenía que ser un ángel del Señor. Entonces, de improviso,
se fue desvaneciendo hasta que desapareció de mi vista.
Sentí inmediatamente que la garganta me picaba y
que no podía articular palabra. Las sensaciones se mezclaban con los
sentimientos; quería llorar pero estaba atontado. Mi vestidura de fiesta se
ensuciaba mientras comencé a tropezar torpemente contra las paredes rocosas del
templo. Perdí el equilibrio y me caí dentro del Santo al no poder resistir más
la presión en mi pecho, y comencé a llorar como si no hubiera solución a mi
desgracia. Logré levantarme, pero no era capaz ni siquiera de pedir ayuda. La
cabeza me daba vueltas. El olor a sangre de cordero quemada me producía nauseas,
mientras mi llanto seguía mojando el suelo frío y sucio. Estaba desalentado y
desorientado, como si cinco legiones hubieran pasado por encima de mi cuerpo y éste
no me respondiera. A trompicones busqué la entrada de la cámara y, cuando por
fin llegué a la puerta, la abrí y me desmayé sobre la estancia donde estaba el
altar de los sacrificios. Las tinieblas llenaban mi alma y mi mente cuando
escuché, a lo lejos, que los que estaban fuera gesticulaban y gritaban
agitados.
—¡Está muerto! —decía uno de los sacerdotes, mientras corría hacia
mi cuerpo desvanecido.
—Aún respira —dijo
otro—, pero está pálido como una nube.
—La casa de su hermano Joel está aquí cerca —escuché que decía el primero—; ¡Llevémoslo allí! —En ese momento, mi cuerpo no pudo más y perdí el sentido.
Mucho tiempo después logré despertar, ya en casa de
mi hermano. Una sensación rara recorrió mi cuerpo; me di cuenta de que todo
esto no había sido un sueño, sino una triste realidad. Ahora, solo podía caer
en la cuenta de mi propia terquedad y mi falta de fe. Entonces, mi desesperanza
me hizo encerrarme en mi mismo sin ser capaz de ver las luces que me enviaban
de lo alto. Una semana después, estaba ya en mi casa, sin poder hablar, como lo
había profetizado el ser de luz, y encerrado completamente en mi corazón, lejos
de los demás seres humanos; no me apetecía recibir a nadie y no era capaz, siquiera,
de mirar a nadie a la cara.
Finalmente, Simón Bin Boeto, el Sumo Sacerdote, estaba
muy preocupado y decidió venir él mismo hasta Ein Karem, mi pueblo, que no
estaba lejos de Jerusalén, ante mi negativa de atender un par de mensajeros que
él mismo había enviado con anterioridad. A pesar de mi edad, yo no había
descuidado mis labores nunca, y en los años que él llevaba en su cargo, nunca
había visto que el oferente se desmayara. “Ya está muy viejo”, pensaba
seguramente para sí. “Debió haber sido sustituido hace tiempo; necesitamos
gente nueva y fuerte, que sea capaz de llevar una responsabilidad tan grande”. Todo
esto, lo consideraba mientras venía, acompañado de uno de sus ayudantes,
aliviado por la sombra de los árboles, y en medio del penetrante olor del
estiércol que desprendía el establo. Isabel salió a su encuentro:
—No quiere ver a nadie, Simón. Está mudo y encerrado en sí mismo. Algo le
pasó dentro del Templo; algo que le espanta. Ni siquiera a mí me ha querido
decir nada. ¡Ni siquiera me mira a los ojos!
—Trataré de que me hable a mí. No creo que se quede mudo conmigo.
—Que sepas que va a estar mudo contigo, porque físicamente no puede
hablar con nadie.
—¿Y cómo se comunica entonces?
—Escribe en unas tablitas.
—¿Y dónde está ahora?
—Encerrado en su estancia. A veces se le escucha llorar desde fuera —. Se
preocupó aún más. ¿Cómo era posible que yo, de buenas a primeras, me encerrara a
llorar? Nuestra
habitación no era otra cosa que una estancia pequeña, con
profundo olor ha guardado y poca luz. Aunque yo era usualmente bastante
ordenado, Simón no veía otra cosa que desorden por todas partes.
—¿Qué te pasa? —me preguntó. Yo gesticulaba y movía las
manos, para que Simón se fuera.
—¡Al menos escribe y dime algo! —Simón ya comenzaba a estar nervioso, así que cogí a toda
prisa una de las tablitas de las que Isabel me había dado, y escribí enfadado
“Gabriel”.
—¿Gabriel? ¿Y ese quién es?
Yo seguía gesticulando y moviendo las manos hacia
arriba y hacia abajo; en mi cara se veía toda la furia y la impotencia de no poder
emitir ningún sonido; casi a empellones lo expulsé de la estancia, y me eché a
llorar, apaleado por mi humillación y sin más consuelo que mi soledad. No había
confiado en el Señor, y estaba recibiendo ahora un merecido castigo; sabía que
me estaba comportando como un niño malcriado, pero no me importaba. Simón se
volvió a Jerusalén, desconcertado, y mucho más preocupado de lo que había
venido.
Sin embargo, la impotencia debía tener un final y
la espera tener su justa recompensa. Por fin, logré entender que el único
culpable de todo este asunto había sido yo; y entendí que Dios no me juzgaba,
sino que me juzgaba yo a mí mismo. Al final, solo logré encontrar la
tranquilidad cuando profundamente le pedí perdón por mi falta de fe, por mi ira
y por mi desesperanza; me puse en sus manos, con humildad, y pude mirar al mundo
con otros ojos. No nos damos cuenta que Dios está ahí siempre, con nosotros,
simplemente esperando a que le abramos la puerta. Yo la abrí, lo dejé entrar y,
por fin, encontré la paz.
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